jueves, 9 de febrero de 2017

Aguacero de Luis Roso

La sinopsis del libro dice:

Año 1955. El inspector Ernesto Trevejo recibe el encargo de investigar cuatro crímenes en un pueblo de la sierra madrileña donde se está construyendo un pantano: dos guardias civiles han sido torturados hasta la muerte; el alcalde del municipio y su esposa, ejecutados a sangre fría. Un posible asesino en serie podría aterrorizar a la región mientras se desarrollan las obras. El asunto debe ser resuelto —y silenciado— cuanto antes.

Siguiendo los pasos de una investigación que destapará odios, secretos e intereses ocultos, el lector se traslada a una España en blanco y negro. De fondo, el rumor incesante de la lluvia que acompañará al protagonista en su viaje a un escenario rural, remoto, casi salvaje. El extraordinario debut de Luis Roso en el género noir es al mismo tiempo un adictivo thriller literario y una mirada nueva sobre los años más duros del franquismo.

Ya sabemos qué son las sinopsis que aparecen en las contraportadas de los libros: un conjunto de exageraciones y medias verdades para inducirnos a comprar el libro.

En primer lugar voy a hacer mi propia sinopsis, un poco más larga que esta, pero sin incluir alabanzas al escritor y a la obra. Después haré mi propia crítica.

La obra empieza el 17 de enero de 1955. El protagonista de la novela, el Inspector de la Policía de Madrid Luis Trevejo tiene que acudir a un pueblo de la sierra de Madrid llamado Las Angustias para investigar dos asesinatos dobles: primero, el de una pareja de guardias civiles torturados y asesinados en lo que parece, a todas luces, un crimen político; el segundo, el del alcalde del pueblo y su esposa, también podría ser un crimen político, pero también podría ser un crimen de esos de aldea, de odios y rencores mantenidos por generaciones. ¿Tienen relación los dos crímenes?

La investigación que Trevejo debe realizar en Las Angustias es confidencial, no tiene ninguna orden oficial para realizarla, no podrá invocar oficialmente la ayuda de la policía o de la guardia civil. Como se suele decir, la investigación es totalmente oficiosa, no oficial. En realidad Trevejo no es más que un civil haciendo preguntas en un pueblecito totalmente atrasado y alejado de la civilización, como si estuviera en Las Hurdes.


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domingo, 28 de agosto de 2016

El cuento numero 13


Alguien lanzó en un grupo de yahoo al que pertenecía el entusiasmo con que leyó la novela citada. Me dispuse a leerla y me encantó.

Sinopsis: Vida Winter es una famosa y millonaria novelista que nunca ha hablado con la prensa sobre su vida. Guarda un silencio absoluto sobre ella, lo que saca de sus casillas a toda la profesión periodística. Pero un día manda una carta a Margaret Lea, hija única del dueño viudo de una tienda de libos usados. En el piso superior de la tienda viven padre e hija, pero sus relaciones están presididas por el silencio. En la carta Vida le pide a Margaret que escriba su biografía, algo impensable hasta entonces dado el secretismo que ha mantenido hasta entonces. El lector supone que la vida de la anciana escritora hay un secreto inconfesable, pero también se da cuenta que en la vida de Margaret hay otro secreto.

Margaret acepta el encargo y se traslada a vivir a la mansión de la escritora. Esta está ya muy vieja y le acechan los dolores de una enfermedad mortal, por lo que ambas solo trabajan unas pocas horas al día. El trabajo avanza despacio. Pero Margaret Lea decide averiguar por sí misma si lo que le cuenta la novelista es ficción o realidad. Y se mete en una aventura con un final inesperado.

sábado, 30 de julio de 2016

101 mejoreslibros

La lista la saqué de este lugar. está incluida en la web Zenda, que recomiendo mucho a los amantes de la literatura. Vamos a ello:

1.- Edgar Allan Poe: Cuentos
2.- Leopoldo Alas Clarín: La Regenta
3.- Jane Austen: Orgullo y prejuicio
4.- Paul Auster: Leviatán
5.- Julián Ayesta: Helena o el mar de verano
7.- Giorgo Basanni: El jardín de los Finzi-Contini.
8.- Ambrose Bierce: Cuentos de soldados y civiles.
9.- Adolfo Bioy Casares: La invención de Morel.
10.- Jorge Luis Borges: Ficciones.
11.- Ray Bradbury: Fahrenheit.
12.- Emily Brönte: Cumbres borrascosas.
13.- Alfredo Bryce Echenique: La vida exagerada de Martín Romaña.
14.- Mijail Bulgakov: El maestro y Margarita.
15.- Dino Buzzati: El desierto de los tártaros.
16.- Guillermo Cabrera Infante: La Habana para un infante difunto.
17.- Luis F. Celine: Viaje al fin de la noche.
19.- Albert Camus: El extranjero.
20.- Blaise Cendrars: La mano cortada.
21.- Italo Calvino: Las ciudades invisibles.
22.- Truman capote: A sangre fría.
24.- Camilo J. Cela: La familia de Pascual Duarte.
25.- Miguel de Cervantes: Don Quijote de la Mancha.
26.- J. M. Coetzee: Desgracia.
27.- Wilkie Collins: La Dama de Blanco.
28.- Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas.
29.- Benjamín Constant: Adolfo.
30.- Julio Cortazar: Rayuela.
31.- Raymond Chandler: El largo adiós.
32.- Antón Chejov: Cuentos.
33.- Gilbert K. Chesterton: El hombre que fue jueves.
34.- John Cheever: La edad de oro.
35.- Agatha Christie: El asesinato de Roger Ackroyd.
36.- Charles Dickens: Papeles póstumos del club Pickwick.
37.-. Daniel Defoe: Robinson Crusoe.
38.- Denis Diderot: Denis el fatalista.
39.- Alfred Doblin: Berlin Alexanderplatz.
40.- John dos Passos: Manhatan Transfer.
41.- Fiodor Dostoievski: Crimen y castigo.
42.- Umberto Eco: El nombre de la rosa.
43.- William Faulkner: Santuario.
44.- H. G. Wells: La guerra de los mundos.
45.- Carlos Emilio Gadda: El zafarrancho aquel de Via Merulana.
46.- Gabriel García Márquez: Cien años de soledad.
47.- Wolfgang Goethe: Werther.
48.- Graham Greene: El poder y la gloria.
49.- Dashiell Hammett: Cosecha Roja.
50.- Nathaniel Hawthrone: Los mejores cuentos.
51.- Ernest Hemingway: París era una fiesta.
52.- Patricia Highsmith: Extraños en un tren.
53.- Aldous Huxley: Contrapunto.
54.- John Irving: El mundo según Garp.
55.- Henry James: La copa dorada.
56.- James Joyce: Retrato del artista adolescente.
57.- Dick Philip K.: Sueñan los androides con ovejas eléctricas.
58.- Franz Kafka: La metamorfosis (en un volumen que recoge sus obras completas). Dos versiones aquí y una versión ilustrada.
59.- Carmen Laforet: Nada.
60.- Giuspepe Tomasi di Lampedusa: El gatopardo.
61.- Jack London: La llamada de la selva.
62.- Norman Mailer: Los desnudos y los muertos.
63.- Thomas Mann: La montaña mágica.
64.- Juan Marsé: Si te dicen que caí.
65.- Hermann Melville: Moby Dick.
66.- Eduardo Mendoza: La ciudad de los prodigios.
67.- M. Mújica Laínez: Bomarzo.
68.- Vladimir Nabokov: Lolita.
69.- Juan Carlos Onetti: Dejemos hablar al viento.
70.- George Orwell: 1984.
71.- Benito Pérez Galdós: Fortunata y Jacinta.
72.- 


La lista aún está incompleta.




Otras recomendaciones: "El maestro y Margarita" de Bulgakov; "Los hombres que no amaban a las mujeres", de Stieg Larsson; "El amor en los tiempos del cólera", de Gabriel García Márquez; "La máquina del tiempo", de HG Wells; "Zalacaín el aventurero", de Pio Baroja y Nessi;

Una lista alternativa es Las cien mejores novelas en español, del diario El Mundo.

lunes, 21 de octubre de 2013

Puedo escribir los versos más tristes esta noche


Se puede leer aquí.

Don Quijote

jueves, 3 de octubre de 2013

El capítulo censurado de La máquina del tiempo

La máquina del tiempo fue publicada primero en forma serial en los número de enero a mayo de 1895 de la revista The New Review. Wells cobró £100, equivalente a £10.000 de hoy. Fue publicado en forma de libro en Gran Bretaña por Heinemann, y por Henry Holt and Company en los Estados Unidos, ambas en el mismo mes (mayo de 1895) [fuente].

El argumento es bastante conocido. Un científico, al que Wells llama el Viajero del Tiempo, inventa una máquina para viajar en el tiempo, se sube a ella y viaja hasta el año 802.701. Allí se encuentra la humanidad escindida en dos especies: los vagos y hermosos Eloi, que viven en la superficie y son alimentados por los Morlocks, que son la otra especie humana, son bestias horribles y deformes, que viven bajo tierra, la luz los espanta (no pueden soportar ni la luz de una cerilla), y se alimentan de los Eloi. Naturalmente el argumento es mucho más largo pero con esto basta para mis pretensiones [fuente].

Una sección del capítulo 11 de la edición de The New Review fue suprimida en la edición birtánica, pero no de la edición serializada de la revista ni en la edición americana. En este texto el protagonista, El Viajero del Tiempo, huyendo de los Morlocks, viaja en su máquina a un futuro indeterminado donde encuentra una tierra irreconocible poblada de unos pequeños herbívoros saltadores que, al principio, le parecen conejos saltadores o pequeños canguros. Mata uno con una piedra y se da cuenta de que es un plantígrado, sin cola, pelo gris corto, con cinco débiles dedos, "sus patas delanteras eran tan humanas como la patas delanteras de una rana," con una cabeza redondeada, con una frente proyectada hacia adelante, y los ojos estaban en el frente de la cara, y el pelo de la cabeza era lacio.

"Un temor desagradable cruzó mi mente," dice el Viajero del Tiempo. Cuando estaba por examinar sus dientes y otras partes de su anatomía para intentar descubir otras características humanas, aparece un gigantesco monstruo con un parecido a un ciempiés con unos 10 metros de longitud, con unos ojos poligonales y dos cuernos parecidos a antenas. El Viajero del Tiempo sale huyendo dejando su "animal gris, u hombre gris, o lo que fuera, en el suelo", corre hacia la máquina y escapa, de la misma forma que hizo con los Morlocks, poniéndola en marcha y avanzando hacia el futuro.

Fuente: The Grey Man, el hombre gris.

La explicación de este ser gris, mitad conejo saltarín, mitad hombre, es muy sencilla. Wells pensaba que la evolución podía funcionar tanto hacia adelante como hacia atrás, es decir, de seres más simples a seres más complejos, y viceversa. Los Eloi son seres estúpidos y vagos, que no se dan cuenta de que son cebados por los Morlocks para ser comidos. Tienen la inteligencia de un perro o la de un niño de dos o tres años. Los Morlocks son seres brutales parecidos a gorilas u orangutanes, podríamos decir caníbales (aunque los Eloi y los Morlocks son especies diferentes, como en su día fueron los Neandertales y los hombres de Cromagnon, por lo tanto quizás no sea apropiado llamar caníbales, ya que tampoco son caníbales los seres humanos que comen monos). Quedan pocos rastros de humanidad en los Morlocks.

Pero el Viajero del Tiempo viaja hacia el futuro unos cuantos miles de millones de años más. Este salto en el tiempo es mucho mayor. El primer salto del tiempo es de finales del siglo XIX al año 802.701 (pregunta: ¿sería el siglo 8.028?). El segundo salto es mucho mayor. Esto le da tiempo a Wells a afirmar que los cambios evolutivos ya son mucho mayores, del género homo a una especie de mamífero de pequeño tamaño parecido a un conejo saltarín.

La razón por la que se suprimió en la edición británica del libro me parece clara. El texto no añade nada nuevo a la acción de la novela, centrada en la interacción entre los Eloi y los Morlocks. Este texto sólo tiene un fin: mostrar las ideas de Wells sobre la evolución.

jueves, 19 de septiembre de 2013

El vino generoso

Se casaba una sobrina de mi mujer, a esa edad en la que las jóvenes dejan de serlo y se convierten en solteronas. Hasta poco antes, la pobrecita se había negado a la vida, pero luego, las presiones de la familia la habían inducido a regresar y, renunciando a su deseo de pureza y de religión, había aceptado hablar con un joven que la familia le había elegido como un buen partido. Inmediatamente después, adiós a la religión, adiós a los sueños de virtuosa soledad. La fecha de la boda había sido establecida aun más próxima de cuanto hubieran deseado los parientes. Y ahora estábamos sentados alrededor de la mesa, celebrando la cena de vigilia de la boda.

Yo, como buen viejo licencioso, reía. ¿Qué había hecho el joven para inducirla a cambiar tan pronto de idea? Probablemente la había tomado entre sus brazos para hacerle sentir el placer de vivir y, más que convencerla, la había seducido. Por eso había que desearles tantas cosas buenas. Todos, cuando se casan, lo necesitan, pero esa joven más que nadie. Qué desastre si un día lamentara haber permitido que la lanzaran a esa vida a la que por instinto había rechazado. Y yo también acompañé algún vaso con augurios que incluso supe inventar para ese caso especial: "Vivan contentos uno o dos años, que los demás los soportarán más fácilmente gracias al reconocimiento de haber gozado. De la alegría queda el lamento, que también es un dolor, pero un dolor que cubre el fundamental, el verdadero dolor de la vida."

La novia no parecía necesitar tantos augurios. Mas bien parecía tener la cara absolutamente cristalizada en una expresión de abandono y confianza. Sin embargo, era la misma expresión que ya había mostrado cuando proclamaba su voluntad de retirarse a un claustro. Esta vez también había hecho un voto, el de estar contenta toda la vida. En este mundo hay gente que siempre hace votos. ¿Iba ella a cumplir éste mejor que el anterior?

Los demás, alrededor de la mesa, sonreían naturalmente, como siempre ocurre con los espectadores. A mí, la naturalidad me faltaba por completo. Para mí también se trataba de una noche memorable. Mi mujer había logrado que el doctor Paoli, como excepción, me permitiera comer y beber como a todos los demás. Era la libertad más preciada porque inmediatamente después volverían a quitármela. Y me porté exactamente como esos jovencitos a los que se les dan por primera vez las llaves de la casa. Comía y bebía no por sed o por hambre, sino ávido de libertad. Cada bocado, cada trago, afirmaban mi independencia. Abría la boca más de cuanto era necesario para recibir cada pedazo de comida y el vino pasaba de la botella al vaso, hasta desbordar, y no lo dejaba reposar más que un instante. Sentía un irrefrenable deseo de moverme y, clavado en esa silla, tuve ganas de correr y saltar como un perro liberado de la cadena. Mi mujer agravó la situación contándole a su vecina el régimen al que estaba sometido, mientras mi hija Emma, quinceañera, la escuchaba y se daba importancia completando las indicaciones de su madre. ¿Querían recordarme la cadena hasta en el momento en que me la habían quitado? Y describieron toda mi tortura: cómo pesaban ese trocito de carne que se me concedía al mediodía, privándolo de todo sabor, mientras que a la noche no necesitaban pesar nada, ya que la cena se componía de un panecillo con una rebanada de jamón y un vaso de leche caliente sin azúcar, que me causaba náuseas. Mientras hablaban, yo criticaba la ciencia del doctor y el cariño de ellas. En efecto, si mi organismo estaba tan deteriorado, ¿como podía admitirse que esa noche, imprevistamente, por el hecho de que hubieran logrado casar a alguien que por elección no lo deseaba, pudiese tolerar tanta comida indigesta y dañina? Y bebiendo, me preparaba para la rebelión del día siguiente. Ya iban a ver.

Los otros se dedicaban al champagne, pero yo, tras beber alguna copa para responder a los brindis, había vuelto al vino de mesa, un vino de Istria, seco y sincero, que un amigo de la casa había enviado para la ocasión. Amaba ese vino como se aman los recuerdos y no desconfiaba de él ni me sorprendía que, a pesar de darme la gloria y el olvido, aumentara en mi ánimo la cólera.

¿Cómo no enojarme? Me habían hecho pasar un período de vida sumamente desgraciado. Asustado y humillado, había dejado morir todo instinto generoso para dar lugar a las pastillas, las gotas y los polvitos. Ya no socialismo. ¿Qué podía importarme si la tierra, contrariamente a cualquier conclusión científica más iluminada, seguía siendo objeto de propiedad privada? ¿Si por ello a muchos les faltaba el pan de cada día y esa parte de libertad que debería adornar cada jornada del hombre? ¿Acaso yo tenía lo uno y lo otro?

Aquella bendita noche traté de reconstruirme. Cuando mi sobrino Giovanni, un hombre gigantesco que pesa más de cien kilos, con su voz estentórea empezó a contar ciertas historias sobre su propia astucia y la ingenuidad de los otros en los negocios, encontré en mi corazón el antiguo altruismo.

-¿Qué harás -le grité- cuando la lucha entre los hombres deje de ser una lucha por el dinero?

Por un instante, Giovanni quedó atontado por la densidad de mi frase, que caía imprevistamente para sacudir su mundo. Me miró fijo, con los ojos agrandados por los anteojos. Buscaba en mi cara alguna explicación para orientarse. Todos lo miraron, esperando reír con alguna de sus respuestas de materialista ignorante e inteligente, con una de esas respuestas de los espíritus ingenuos y maliciosos que siempre sorprenden, aunque ya se estilaran antes de que las dijera Sancho Panza. Ganó tiempo diciendo que si el vino solía alterar la visión del presente, a mí, en cambio, me confundía el futuro. Era una salida, pero después creyó haber encontrado algo mejor y gritó:

-Cuando ya nadie luche por el dinero yo lo tendré todo, todo sin luchar.

Hubo muchas risas, especialmente por un gesto repetido de sus grandes brazos, que primero extendió abriendo las palmas y luego encogió cerrando los puños, para dar a entender que había aferrado el dinero que a él fluía por todos lados.

La discusión prosiguió y nadie se dio cuenta de que, cuando no hablaba, yo bebía. Y bebía mucho y hablaba poco, compenetrado en escudriñar en mi interior para ver si finalmente se llenaba de benevolencia y de altruismo. Ese interior quemaba levemente. Pero era un calor que luego se difundiría en una agradable tibieza, en el sentimiento de juventud que el vino produce, lamentablemente, sólo durante un breve lapso. Y, a la espera de ello, le grité a Giovanni:

-Cuando recojas el dinero que los otros rechacen, te meterán en la cárcel.

Pero Giovanni gritó:

-Y yo corromperé a los carceleros y haré encarcelar a quienes no tengan dinero para corromperlos.


-Pero el dinero ya no corromperá a nadie

-Entonces, ¿por qué no dejármelo?

Me enojé desmedidamente.

-Te apresarán -aullé-. No mereces otra cosa. La cuerda al cuello y grillos en las piernas. Me detuve asombrado. Pensé que no había dicho exactamente lo que pensaba. ¿Yo era realmente así? No, por cierto. Reflexioné: ¿cómo volver a sentir afecto por todos los seres vivos, entre los que también figuraba Giovanni? Le sonreí de inmediato, haciendo un esfuerzo enorme por corregirme, perdonarlo y amarlo. Pero él me lo impidió, porque no reparó en mi sonrisa benévola y dijo, como resignándose a constatar una monstruosidad: -Claro, todos los socialistas acaban, en la práctica, por recurrir al oficio de carnicero. Me había ganado, pero lo odié. Daba vuelta toda mi vida, hasta la anterior a la intervención del médico, que nostálgicamente recordaba como tan luminosa. Me había ganado por haber revelado la misma duda que, aun antes de sus palabras, había experimentado con tanta angustia. Y en seguida sufrí otro castigo. -Qué bien está -había dicho mi hermana, mirandome complaciente, y fue una frase infeliz, porque mi mujer, en cuanto la oyó, entrevió la posibilidad de que ese excesivo bienestar que me coloreaba la cara degenerase en similar malestar. Se asustó como si en ese momento alguien le hubiese avisado de un peligro inminente y me asalto con violencia: -¡Basta, basta -chilló-, fuera ese vaso! Invocó entonces la ayuda de mi vecino un tal Alberi, que era uno de los hombres mas altos de la ciudad, flaco, seco y sano, pero anteojudo como Giovanni. -Sea bueno, sáquele ese vaso de la mano. -Y, en vista de que Alberi dudaba, le dijo angustiada: -Señor Alberi, sea bueno, quítele ese vaso. Yo quise reír, porque intuí que en ese momento a una persona educada le cuadraba reír, pero no pude. Había preparado la rebelión para el día siguiente y no tenía la culpa si estallaba de inmediato. Esas reprobaciones en público eran realmente ultrajantes. Alberi, a quien le importaba un cuerno de mí, de mi mujer y de toda esa gente que le daba bebida y comida, empeoró mi situación dándole un matiz ridículo. Miró por encima de sus anteojos el vaso que yo apretaba, acercó las manos como si estuviera decidido a arrancármelo y finalmente las retiró con un gesto vivaz, como si yo, que lo miraba, le infundiera miedo. Todos se rieron a mis espaldas; Giovanni, con una risa sonora que le quitaba el aliento. Mi hija Emma pensó que su madre necesitaba ayuda. Con un acento que me pareció exageradamente suplicante, dijo: -Papito, no bebas más. Y fue sobre esa inocente que recayó mi cólera. Le dije palabras duras y amenazadoras dictadas por el resentimiento de viejo y de padre. Los ojos se le llenaron de lágrimas y su madre dejó de ocuparse de mí para dedicarse a consolarla. Mi hijo Ottavio, de trece años, corrió en ese momento hacia la madre. No se había dado cuenta de nada, ni del dolor de la hermana ni de la disputa que lo había provocado. Quería pedir permiso para ir al día siguiente al cine con sus compañeros, que acababan de proponérselo. Pero mi mujer no lo escuchaba, ya que estaba enteramente absorbida en la tarea de consolar a Emma. Yo quise afirmarme con un acto de autoridad y le grité mi permiso: -Sí, claro, irás al cine. Te lo prometo yo y basta. Ottavio, sin oír nada más, regresó con sus compañeros luego de haberme dicho: -Gracias, papá. Qué lástima de prisa. Si se hubiera quedado con nosotros me habría aliviado con su alegría, fruto de mi acto de autoridad. Alrededor de esa mesa el buen humor se diluyó durante algunos instantes y yo sentí que también estaba en falta con la novia, para la que ese buen humor debía ser un augurio y un presagio. En cambio, era la única que entendía mi dolor, o así me pareció. Me miraba casi maternalmente, dispuesto a perdonarme y a acariciarme. La joven siempre había tenido aspecto de seguridad en sus juicios. Como cuando deseaba la vida de los claustros, ahora se creía superior a todos por haber renunciado. Se erguía sobre mí, sobre mi mujer y sobre mi hija. Nos compadecía, y sus hermosos ojos grises se posaban en nosotros, serenos, para tratar de encontrar la falla que, en su opinión, no podía faltar dónde había dolor. Esto hizo recrudecer mi rencor hacia mi mujer, cuya dignidad nos humillaba de ese modo. Nos hacía inferiores a todos, hasta a los mas mezquinos de esa mesa. Allá, al fondo, también los chicos de mi cuñada habían dejado de hablar y comentaban lo ocurrido inclinando sus cabecitas. Agarré el vaso dudando entre vaciarlo o romperlo contra la pared o, tal vez, contra los vidrios del frente. Por fin lo bebí de un trago. Este era el acto más enérgico, en la medida en que aseveraba mi independencia: me pareció el mejor vino que había tomado en toda la noche. Prolongué el gesto sirviéndome otro vaso, del que también bebí un poco. Pero la alegría se negaba a venir y toda la vida que animaba mi organismo era un intenso rencor. Se me ocurrió algo gracioso. Mi rebelión no bastaba para aclarar todo. ¿No podría proponerle a la novia que se rebelara conmigo? Por suerte, justo en ese momento ella le sonrió dulcemente al hombre que estaba a su lado. Y yo pensé: "Esta muchacha todavía no sabe y está convencida de que sabe." Recuerdo aún que Giovanni dijo: -Pero déjenlo beber, por favor. El vino es la leche de los viejos. Lo miré frunciendo la cara para simular una sonrisa, pero no fui capaz de sentir simpatía por él. Sabía que no lo impulsaba más que el buen humor y que quería conformarme, como a un niño impaciente que molesta en una reunión de adultos. Luego bebí poco y sólo cuando me miraban; ya no hablé. A mi alrededor todos vociferaban jocosamente y eso me fastidiaba. No escuchaba, pero era difícil no oír. Había estallado una discusión entre Alberi y Giovanni, y todos se divertían viendo pelear al hombre gordo con el flaco. Ignoro de qué trataba la discusión, pero a ambos les oí palabras bastante agresivas. Vi a Alberi de pie que, tendido hacia Giovanni, acercaba sus anteojos casi hasta el centro de la mesa, muy próximo a su adversario. Este desparramaba cómodamente sus ciento veinte kilos en un sillón que le habían ofrecido, en broma, al terminar la cena, y lo miraba atento, como buen bromista que era, con aire de estudiar adonde iba a asestar su propia estocada. Pero Alberi también se veía lindo, tan seco y no obstante sano, movedizo y sereno. Recuerdo los buenos deseos y los interminables saludos en el momento de la separación. La novia me besó con una sonrisa que siguió pareciéndome maternal. Acepté ese beso distraído. Especulaba acerca del momento en que me sería permitido explicarle algunas cosas de esta vida. De pronto, alguien nombró a una amiga de mi mujer y antigua amiga mía: Anna. No sé quién lo hizo ni con qué propósito, pero sé que fue el último nombre que oí antes de que los invitados me dejaran en paz. Hacía años que acostumbraba verla junto a mi mujer, y la saludaba con la amistad y la indiferencia de la gente que no tiene ninguna necesidad de protestar por haber nacido en la misma ciudad y en la misma época. Pero precisamente entonces recordé que muchos años antes ella había sido mi único delito de amor. La había cortejado casi hasta el momento de casarme con mi mujer. Pero luego de mi traición, que había sido brusca, tanto que no había tratado de atenuarla ni siquiera con una palabra, no volvimos a hablar de eso, pues ella se había casado poco después y había sido muy feliz. No había participado de la cena por una leve gripe que la obligaba a guardar cama. Nada grave. Extraño y grave era, en cambio, que yo recordara ahora mi delito de amor, que agravaba el peso de mi conciencia ya tan turbada. Tuve realmente la sensación de que en ese momento mi antiguo delito recibía su castigo. Desde su cama de convaleciente oía protestar a mi víctima: "No sería justo que fueras feliz". Me dirigí a mi habitación muy abatido. Estaba confundido porque no me parecía bien que mi mujer fuese la encargada de vengar a quien ella misma había suplantado. Emma vino a darme las buenas noches. Estaba sonriente, rosada, fresca. Su breve montoncito de lágrimas se había disuelto en una reacción de alegría, como ocurre en todos los organismos sanos y jóvenes. Yo, desde hacía un tiempo, comprendía el alma de los otros, y la de mi hija, además, era agua transparente. Mi escena de furia había servido para conferirle importancia frente a todos y lo gozaba con plena ingenuidad. Le di un beso y estoy seguro de que pensé que era una suerte para mí que estuviese tan feliz y contenta. Claro que, para educarla, hubiera debido advertirle que no se había comportado con suficiente respeto. Pero no hallé las palabras adecuadas y opte por callar. Ella se fue, y de mi intento por encontrar esas palabras sólo quedó una preocupación, una confusión un esfuerzo que me acompañó durante algún tiempo. Para tranquilizarme pensé: "Le hablaré mañana. Le diré mis razones". Pero no dio resultado. Yo la había ofendido y ella me había ofendido a mí. Aunque el hecho de que ella ya no pensara en eso, mientras que yo no dejaba de hacerlo, era una nueva ofensa. Ottavio también vino a saludarme. Extraño muchacho. Nos saludó a mí y a su madre casi sin vernos. Ya había salido cuando lo detuve con mi grito: -¿Te alegra poder ir mañana al cine? Se detuvo, se esforzó por recordar y, antes de retomar su camino, dijo secamente: -Sí. -Él tenía mucho sueño. Mi mujer me alcanzó la caja de las píldoras. -¿Son éstas? -le pregunté con una máscara de hielo en la cara. -Sí, claro -dijo ella gentilmente. Me miró tratando de indagar y, al no poder adivinar, me preguntó con duda-: ¿Estás bien? -Muy bien -aseguré con decisión, quitándome una bota. Y justo entonces el estómago empezó a arderme tremendamente. "Esto es lo que ella quería", pensé, con una lógica que sólo ahora pongo en duda. Tragué la píldora con un sorbo de agua y sentí un leve alivio. Besé maquinalmente a mi mujer en la mejilla. Era un beso que podía acompañar a las píldoras. Tenía que dárselo si quería ahorrar discusiones y explicaciones. Pero no fui capaz de reposar sin antes haber precisado mi posición en la lucha que, para mí, no había cesado; así que en el momento de meterme en la cama, dije: -Creo que las pildoras serían más eficaces si las tomara con vino. Apagué la luz y pronto la regularidad de su respiración me anunció que ella tenía la conciencia tranquila, es decir, pensé de inmediato, la indiferencia más absoluta en todo lo que me atañía. Había esperado ansiosamente ese momento y en seguida me dije que era libre para respirar ruidosamente, como parecía exigir el estado de mi organismo, o, tal vez, de sollozar, como hubiera deseado en mi abatimiento. Pero la aflicción, en cuanto se liberó, devino una aflicción aun más verdadera. Aparte, esta no era una libertad. ¿Cómo desahogar la ira que rebullía en mí? No podía más que rumiar lo que iba a decirles a mi mujer y a mi hija al día siguiente: "¿Se preocupan tanto por mi salud cuando se trata de romperme la paciencia en presencia de todo el mundo?" ¡Por favor! Mientras yo me encolerizaba solitario en mi cama ellas dormían serenamente. ¡Qué ardor! Había invadido mi organismo a lo largo de un vasto tramo que terminaba en la garganta. Sobre la mesita de luz debía estar la botella de agua y alargué la mano para alcanzarla. Pero choqué contra el vaso vacío y ese leve tintineo bastó para despertar a mi mujer. Claro, si siempre duerme con un ojo abierto. -¿Estás mal? -me preguntó en voz baja. Dudaba de haber oído bien y no quería despertarme. Un poco lo adiviné, pero le atribuí la extravagante intención de gozar con ese mal, que no era más que la prueba de que ella había tenido razón. Renuncié al agua y me recosté, quieto, quieto. Ella retomó su sueño leve, que le permitía vigilarme. En suma, si no quería perder en la lucha con mi mujer, tenía que dormirme. Cerré los ojos y me acurruqué de costado. De inmediato tuve que cambiar de posición. Me obstiné y no abrí los ojos. Pero cada posición sacrificaba una parte de mi cuerpo. Pensé: "La forma del cuerpo no permite dormir". Era yo todo movimiento, todo vigilia. Quien corre no puede pensar en el sueño. Estaba agitado por la corrida y en los oídos retumbaba el ruido de mis pasos: zapatones pesados. Pensé que tal vez me movía en la cama con demasiada suavidad como para poder lograr de una vez y con todos mis miembros una posición cómoda. No había que buscarla. Bastaba con dejar que cada cosa encontrara el lugar debido a su forma. Me di vuelta con gran violencia. Mi mujer murmuró en seguida: -¿Estás mal? Si hubiera dicho otra cosa le habría contestado pidiendo ayuda. Pero no quise responder a esas palabras ofensivas que aludían a nuestra discusión. Quedarse quieto tenía que ser muy fácil. ¿Qué dificultad puede haber en yacer, yacer realmente en la cama? Repasé todas las grandes dificultades con las que tropezamos en este mundo y comprobé que, realmente, respecto de cualquiera de ellas, yacer inerte era una tontería. Cualquier carroña sabe quedarse quieta. Mi determinación inventó una posición complicada, pero increíblemente tenaz. Apreté los dientes en la parte superior de la almohada y me volví de modo que también el pecho apoyara sobre ella, mientras la pierna derecha salía de la cama y llegaba casi hasta tocar el suelo y la izquierda se ponía rígida, clavándome a la cama. Sí. Había descubierto un nuevo sistema. No era yo quien aferraba la cama sino ella la que me aferraba a mí. Y esta convicción de mi inercia hizo que aun cuando la opresión aumentó yo siguiera sin aflojar. Cuando por fin tuve que ceder me consolé con la idea de que había transcurrido una parte de esa noche horrenda y tuve también el premio de que, liberado de la cama, me sentí aliviado como un luchador que se ha salvado de una paliza del adversario. Después, no sé durante cuánto tiempo me quedé quieto. Estaba cansado. Con sorpresa me percaté de un extraño resplandor en mis ojos cerrados, de un remolino de llamas que supuse producidas por el incendio que sentía dentro de mí. No eran llamas verdaderas, sino colores que las estimulaban. Y luego se mitigaron y se recompusieron en formas redondeadas, es más, en gotas de un líquido viscoso, que pronto se tornaron azules, agradables, pero rodeadas por una roja franja luminosa. Caían desde un punto en lo alto, se alargaban y, descolgándose, desaparecían abajo. Fui el primero en pensar que esas gotas podían verme. En seguida, para verme mejor, ellas se convirtieron en un montón de ojitos. Mientras se alargaban cayendo, se formaba en su centro un circulito que, sacándose el velo azul, descubría un verdadero ojo, malicioso y malévolo. Estaba rodeado por una multitud que no me quería. Me rebelé en la cama gimiendo e invocando:

-¡Dios mío! -¿Te sientes mal? -preguntó de inmediato mi mujer

 Debe haber transcurrido un tiempo antes de mi respuesta. Pero después comprobé que ya no yacía en la cama, sino que ésta se había convertido en una pendiente por la que me estaba deslizando, y a la que me mantenía aferrado. Grité: -Estoy mal, muy mal. Mi mujer había encendido una luz y estaba a mi lado con su rosado camisón. La luz me dio confianza y tuve claro que había dormido y que acababa de despertarme. La cama se había enderezado y yo yacía en ella sin esfuerzo. Miré a mi mujer sorprendido, porque ahora, puesto que comprendía que había dormido, no estaba seguro de haber invocado su ayuda.

-¿Qué quieres? -le pregunté.

Ella me miró adormecida, cansada. Mi invocación había bastado para hacerla saltar de la cama, no para quitarle las ganas de reposar, frente a lo cual ni siquiera le importaba tener razón. Para apurar un poco las cosas, preguntó:

-¿Quieres las gotas para dormir que te ha recetado el doctor? Dudé, aunque el deseo de sentirme mejor era muy fuerte.

-Si te parece -dije, tratando de parecer resignado.

Tomar las gotas no equivale a confesar que se está mal. Luego, durante un instante gocé de una enorme paz. Duró hasta que mi mujer, en su camisón rosado, a la leve luz de la candela, se puso a mi lado para contar las gotas. La cama era una verdadera cama horizontal, y los párpados, si los cerraba, bastaban para suprimir toda luz en los ojos. Pero yo los abría de vez en cuando y esa luz y el rosado de ese camisón me proporcionaban tanto alivio como la oscuridad total. Ella no quiso prolongar ni un minuto su asistencia y fui arrojado a la noche para seguir luchando solo por la paz. Recordé que, cuando era joven, para apurar el sueño me obligaba a pensar en una vieja feísima que me hacia olvidar las estupendas visiones que me obsesionaban. Ahora en cambio, se me concedía invocar sin peligro a la belleza que por cierto me ayudaría. Era la ventaja -la única- de la vejez. Y pensé, llamándolas por su nombre en varias hermosas mujeres, deseos de mi juventud, de una época en la que las bellas mujeres habían abundado de manera increíble. Pero no vinieron. Ni siquiera entonces se me concedieron. Y evoqué, evoqué, hasta que de la noche salió una hermosa figura: Arma, precisamente ella, tal como era muchos años antes; pero la cara, su bella y rosada cara, tenía una expresión de dolor y reproche. Porque no quería darme paz, sino remordimiento. Eso estaba claro. Y dado que estaba presente discutí con ella. Yo la había abandonado, pero ella en seguida se había casado con otro, lo que era absolutamente justo. Luego había dado a luz a una niña, que ahora tenía quince años y que se parecía a ella en el color suave, dorado de la cabeza y azul de los ojos, pero cuya cara se veía perturbada por culpa del padre que le habían elegido: las ondulaciones dulces de su cabello se habían convertido en rulos crespos, sus mejillas eran regordetas, su boca grande y los labios excesivamente hinchados. Pero los colores de la madre en las líneas del padre eran como un beso sin pudor, en público. ¿Qué quería ahora de mí tras haberse mostrado tan a menudo fascinada por su marido? Y esa noche fue la primera vez que creí haber ganado. Anna se hizo más razonable, como si hubiera cambiado de opinión. Y entonces su compañía ya no me disgustó. Podía quedarse. Y me adormecí admirándola, bella y buena, persuadida. Pronto me dormí. Un sueño atroz. Me hallé en una construcción complicada, pero que pronto comprendí, como si yo hubiera formado parte de ella. Era una gruta vastísima, burda, sin la decoración que la naturaleza se divierte en crear en las grutas y que por eso, seguramente, era obra del hombre. Una gruta oscura, en la cual yo estaba sentado sobre un trípode de madera junto a una caja de vidrio, débilmente iluminada por una luz que consideré como una de sus cualidades: la única luz que había en el vasto ambiente y que llegaba a iluminarme a mí, a una pared compuesta por piedras toscas y, debajo, a una pared de cemento. ¡Qué expresivas son las construcciones del sueño! Se dirá que lo son porque quien las proyectó puede entenderlas fácilmente, lo que es justo. Pero lo sorprendente es que el arquitecto no sabe que las hizo, ni siquiera lo recuerda cuando está despierto y, dirigiendo su pensamiento al mundo del que ha salido y donde las construcciones surgen con tanta facilidad, puede sorprenderse de que allí todo se entienda sin necesidad de palabra alguna. Yo supe en seguida que la gruta había sido construida por algunos hombres que la usaban para una cura inventada por ellos, una cura que tenía que ser letal para uno de los recluidos (muchos debía haber allá entre las sombras), pero benéfica para todos los demás. ¡Exactamente así! Una especie de religión que necesitaba un holocausto y esto por supuesto que no me sorprendió. Era mucho más fácil adivinar que, dado que me habían puesto tan cerca de la caja de vidrio en la que la víctima debía ser asfixiada, yo era el elegido, el que debía morir, para ventaja de todos los demás. Y ya anticipaba en mí los dolores de la fea muerte que me esperaba. Respiraba con dificultad y la cabeza me dolía y pesaba, razón por la cual la sostenía con las manos, los codos apoyados sobre las rodillas. Imprevistamente, una cantidad de gente oculta en la oscuridad me dijo todo aquello que ya sabia. Mi mujer fue la primera en hablar.

-Apúrate, el doctor dijo que debes entrar a esa caja. A mí me parecía doloroso, pero muy lógico. Por eso no protesté, pero fingí no oír. Y pensé: "El amor de mi mujer siempre me pareció tonto". Muchas otras voces gritaron imperiosamente:

-¿Se decide a obedecer?

Entre esas voces distinguí claramente la del doctor Paoli. Yo no podía protestar, pero pensé: "Lo hace para que le paguen". Levanté la cabeza para examinar una vez más la caja de vidrio que me esperaba. Entonces descubrí, sentada sobre la tapa de la misma, a la novia. Hasta en ese lugar conservaba su perenne aire de tranquila seguridad. Sinceramente, yo despreciaba a esa loca, pero en seguida me advirtieron que ella era muy importante para mí. Esto lo hubiera descubierto también en la vida real al verla sentada sobre ese mecanismo que serviría para matarme. Y entonces la miré moviendo la cola. Me sentí como uno de esos minúsculos perritos que conquistan la vida agitando su propia cola. ¡Una abyección! Pero la novia habló. Sin ninguna violencia, como la cosa más natural del mundo, dijo:

-Tío, la caja es para usted Yo debía batirme solo por mi vida. También adiviné esto. Tuve la impresión de poder realizar un enorme esfuerzo sin que ninguno se diera cuenta. Exactamente como antes había sentido en mí un órgano que me permitía conquistar el favor de mi juez sin hablar, descubrí en mí otro órgano, que no sé qué era, para batirme sin moverme y, de ese modo, asaltar a mis adversarios que no estaban en guardia. Y el esfuerzo logró de inmediato su efecto. He aquí que Giovanni, el gordo Giovanni, estaba en la caja luminosa sentado en una silla de madera similar a la mía y en mi misma posición. Estaba doblado hacia adelante, por ser la caja demasiado baja, y sostenía los anteojos con la mano, para que no se le cayeran de la nariz. Pero así tenía el aspecto de estar tratando un negocio y de haberse quitado los anteojos para pensar mejor sin ver nada. Y, en efecto, aunque sudado y muy agitado, en vez de pensar en la muerte vecina estaba lleno de malicia, como se notaba por sus ojos, en los que descubrí el mismo esfuerzo que poco antes había hecho yo. Por eso no podía sentir compasión por él, porque le temía. También Giovanni lo logró. Poco después en su lugar apareció Alberi, el alto, flaco y sano Alberi, en la misma posición que había adoptado Giovanni, pero empeorada por las dimensiones de su cuerpo. Estaba doblado en dos y habría despertado realmente mi compasión si, aparte de su agitación, no hubiera descubierto también en él una gran malicia. Me miraba de abajo a arriba con una sonrisa algo malvada, sabiendo que solamente dependía de él no morir en esa caja. Desde lo alto, la novia volvió a hablar:

-Ahora, ciertamente, le toca a usted, tío.

Silabeaba las palabras con gran pedantería. Y sus palabras fueron acompañadas por otro sonido, muy lejano, muy alto. A causa de ese sonido prolongado, emitido por una persona que rápidamente se movía para alejarse, comprendí que la gruta terminaba en un corredor escarpado que conducía a la superficie de la tierra. Era sólo un silbido pero un silbido de consenso, y provenía de Anna, que me manifestaba una vez mas su odio. No tenía el valor de revertirlo con palabras porque yo, realmente, la había convencido de que ella había sido mas culpable que yo. Pero la convicción no sirve para nada cuando se trata de odio. Todos me condenaban. Lejos de mi, en alguna parte de la gruta, a la espera, mi mujer y el doctor iban y venían e intuí que mi mujer estaba resentida. Agitaba vivazmente las manos declamando mis errores. El vino, la comida y mis modos bruscos con ella y con mi hija. Yo me sentía atraído hacia la caja por la mirada de Alberi, que me observaba triunfal. Me acercaba a ella lentamente con la silla, pocos milímetros por vez, pero sabía que cuando estuviese justo a un metro de ella (así era la ley) de un solo salto estaría preso y boqueando. Pero todavía había una esperanza de salvación. Giovanni, perfectamente repuesto de la fatiga de su dura lucha, había aparecido junto a la caja, a la que él no podía temer pues ya había estado dentro (esto también era ley allí abajo). Se mantenía erguido en plena luz, mirando a Alberi que boqueaba y amenazaba, y a mí, que me aproximaba lentamente a la caja.

-¡Giovanni! Ayúdame a mantenerlo adentro... Te daré dinero -aullé.

Toda la gruta tembló por mi grito y pareció una carcajada de burla. Comprendí. Era vano suplicar. En la caja no debía morir ni el primero que había entrado, ni el segundo, sino el tercero. Esta también era una ley de la gruta que, como todas las otras, me arruinaba. Además era duro tener que reconocer que no había sido creada en ese momento para dañarme precisamente a mí. También era el resultado de esa oscuridad y de esa luz. Giovanni ni siquiera respondió y se encogió de hombros, para manifestarme su dolor por no poder salvarme y por no poder venderme la salvación. Entonces volví a gritar:

-Si no puede ser de otro modo, tomen a mi hija. Duerme aquí al lado. Será fácil. Estos gritos también fueron devueltos por un eco enorme. Estaba trastornado, pero volví a gritar para llamar a mi hija:

-¡Emma, Emma, Emma!

Y del fondo de la gruta llegó, efectivamente, la respuesta de Emma, el sonido de su voz tan infantil aún:

-Aquí estoy, papá, aquí estoy.

Me pareció que no había contestado en seguida. Entonces hubo un violento trastorno que creí debido a mi salto dentro de la caja.

Volví a pensar:

"Siempre lenta esa hija cuando se trata de obedecer".

Esta vez su lentitud me arruinaba y me sentía lleno de rencor. Me desperté. Este era el trastorno. El salto de un mundo al otro. Tenía la cabeza y el busto fuera de la cama y me habría caído si mi mujer no hubiese acudido a sostenerme. Me preguntó:

-¿Soñaste?

-Y luego, conmovida-: Invocabas a tu hija. ¿Ves cómo la amas?

Primero me ofusqué por esa realidad en la que todo me pareció falseado y desnaturalizado. Y le dije a mi mujer que también debía saber todo:

-¿Cómo podremos lograr que nuestros hijos nos perdonen por haberles dado esta vida? Pero ella, simplona, dijo:

-Nuestros hijos están muy felices de vivir. La vida, que entonces sentía como verdadera, la vida del sueño, me ofuscaba y quise proclamarlo:

-Porque ellos todavía no saben nada. Luego callé y me mantuve en silencio. La ventana, junto a mi cama, empezaba a iluminarse y ante esa luz sentí de inmediato que no debía contar el sueño, porque era necesario encubrir la afrenta. Pronto, como la luz del sol siguió invadiendo, tan azulada y calma, pero imperiosa, la habitación, ni siquiera sentí ya esa afrenta. Mi vida no era la del sueño y no era yo el que movía la cola ni el que, para salvarse, estaba a punto de inmolar a su propia hija. Pero había que evitar el regreso a esa horrenda gruta. Y fue por eso que me volví dócil y, voluntariamente, me adapté a la dieta del doctor. Cuando tuviera que regresar a aquella gruta no por mi culpa, es decir, no por las libaciones excesivas, sino por la última fiebre, saltaría inmediatamente a la caja de vidrio, si todavía estaba, para no mover la cola y para no traicionar.

Crímenes imaginarios

Lo bueno de Internet es que puedes seguir algunas cosas que pasan en la novela ques estás leyendo. Es el caso de Crímenes imaginarios, de Patricia Higsmith (de 1965). En el capítulo 7, Alicia decide ir a Londres y va a un lujoso lugar llamado Fortnum & Mason a tomar algo. Resulta que este lugar, en Picadilly Circus, existe. Es un department store, es decir, está situado en varios niveles (ver la foto de Le Bon Marché en París en este enlace). Resulta que Fortnum & Mason es un lugar de lujo. Se estableció en 1707 como verdulería, por lo que cumplió 300 años de vida en 2007, por lo que fue remodelado para darle un aire más moderno. La remodelación costó 24 millones de libras.

Fortnum & Mason es un símbolo icónico británico (¡lástima que la palabra icónico no exista en castellano!). Venden comidas y bebidas de gran calidad. Lo mismo tiene comidas exóticas como alimentos simples (¡ya me gustaría saber que vale un kilo de garbanzos!). Alardean de haber inventado el huevo escocés (Scoth egg, un huevo escalfado envuelto en carne de salchicha y pan, y horneado). La tienda comenzó a vender comidas de lujo preparadas, como aves de corral servidas con gelatina de jalea.

No voy a traducir toda la página de wikipedia de este establecimiento, pero añadiré que su mayor época de esplendor y crecimiento fue durante la era victoriana, la segunda mitad del siglo XIX. También fue el primer establecimiento en vender baked beans, servidas normalmente en una salsita atomatada bastante líquida.

También es conocido este establecimiento por servir canastos de comida fría, tan a gusto de los ingleses, a la clase alta británica para eventos tales como la regata Henley y las carreras de Ascot, ya sabes, donde las británicas de la alta sociedad alardean de llevar unos horribles y enormes sombreros.

Estos canastos, también se sirven para Navidad, y pueden costar desde £35 a £25,000. Entre otras delicadezas, tienen huevos de codorniz (¿?).

Más información.

Página de vídeos en Youtube.

domingo, 7 de julio de 2013

La mujer que escribió Frankenstein

El periódico argentino Perfil publicó el domingo pasado una reseña de un libro de una autora argentina llamada Esther Cross recién publicado bajo el título de La mujer que escribió Frankenstein.. Hago un resumen de esa reseña y añado alguna cosita que pillé de internet.

Mary Shelley, conocida de soltera como Mary Wollstonecraft Godwin, nació el 30 de agosto de 1797, hija del filósofo político William Godwin y de la filósofa feminista Mary Wollstonecraft. La madre de Mary murió a los once días del parto. Su padre crió a la pequeña Mary y a su hermana Fanny Imlay. Esta última era hija de Mary Wollstonecraft cuando esta era soltera y de un comerciante estadounidense llamado Gilbert Imlay.

Los padres de Mary, William y Mary, se oponían al matrimonio. Él había escrito que era "una forma de monopolio" y ella escribió "Nunca voy a casarme." Pese a ello, se casaron cuatro meses antes del nacimiento de Mary. De alguna manera eran una pareja demasiado avanzada para su tiempo.

Un amigo de la pareja le pidió a William que donara el cuerpo de su esposa fallecida a la ciencia, a lo que él se negó. Veremos enseguida como esto tuvo una cierta influencia sobre Mary y sobre su obra más conocida, Frankenstein.

El dolido esposo escribió una biografía de su esposa, y consiguió convertirla en un icono de los derechos de la mujer. Wiliam llevaba frecuentemente a su hija Mary al cementerio de Saint Pancras a visitar la tumba de su madre. De hecho, afirman que Mary aprendió a leer leyendo el nombre de su madre en la lápida de su tumba. El poeta Coleridge dijo que era una niña de silencio "cadavérico." William, su padre, escribió un cuento para su hija llamado Mi querida hija que contaba la historia de un padre que le hablaba a su hija durante una visita al cementerio.

William, el padre de Mary, a pesar de oponerse al matrimonio, se casó por segunda vez cuando esta tenía tres años, con su vecina Mary Jane Clairmont. William le dio a sus hijas una educación liberal, lo que sin duda influyó en la vida de Mary, como veremos posteriormente. William, como todos los liberales, se oponía a los privilegios de cuna de la nobleza y defendía las libertades individuales.

En 1814 Mary inició una relación sentimental con uno de los seguidores políticos de su padre, un joven llamado Percy Bysshe Shelley, quién ya estaba casado, y cuya mujer Harriet, ya estaba embarazada. Como entonces no existía divorcio, hicieron lo que se solía hacer cuando (generalmente) él estaba casado, o los padres se oponían a la relación, generalmente porque él era tan pobre como las ratas: la solución era huir de casa. Pero se llevaron con ellos a la hermanastra de Mary, no a Fanny Imlay, sino a otra llamada Clara Mary Jane Clairmont, hija de las madre adoptiva de Mary y de una relación anterior con un estadounidense apellidado Clairmont, que en realidad nunca existió. Se ha descubierto recientemente (2010) que el padre de Mary Clairmont (era conocida por este nombre) fue sir John Lethbridge.

Pero antes de eso, Mary Godwin y Percey Shelley se declararon su amor, como no, ¡en el cementerio de Saint Pancras, delante de la tumba de la madre de ella!

Percy fue un poeta romántico que fue más admirado después de muerto que durante su vida. Entre otros, escribieron bien de él escritores como Oscar Wilde, Thomas Hardy, George Bernard Shaw, Bertrand Russell, W. B. Yeats, Karl Marx, Upton Sinclair e Isadora Ducan. La desobediencia civil de un autor estadounidense llamado Henry David Thoreau estuvo influenciada por la no-violencia de Shelley. Thoreau fue poeta, filósofo, historiador y abolicionista. También fue un precursor del ecologismo.

Percy escribió en noviembre de 1810, con 17 años de edad, una colección de versos subversivos llamado Fragmentos póstumos de Margaret Nicholson, lo que le valió la expulsión de la Universidad de Oxford, donde había entrado en abril de ese año. Su boda con la escocesa Harriet Westbrook al año siguiente fue debido a que ella les escribió cartas amenazándole con suicidarse.

El 26 de julio de 1814 Percy y Mary se fugaron. Cruzaron el Canal de la Mancha, cruzaron Francia, estuvieron en Alemania, donde en lo alto de una colina divisaron un castillo, que luego serviría de inspiración para el castillo del doctor Frankenstein. Siguieron su viaje hasta Suiza, donde a orillas del lago Ginebra se reunieron con Lord Byron en una casa alquilada al lado del lago pero retirada de la ciudad. Como no tenían televisión ni radio y se aburrían, decidieron hacer un concurso a ver quién de los cuatro escribía la mejor historia de terror. La cuarta persona era un médico británico de origen italiano llamdo John Polidori. John William Polidori creó el personaje del vampiro, creando así la literatura vampiresca, que tanto resurgir ha tenido últimamente de la pluma de Anne Rice. Pero el original vampiro no tuvo nada que ver con Transilvania, con Vlad el Empalador o con los murciélagos. El vampiro de Polidori, Lord Ruthven, viaja de Londres a Roma y de allí a Grecia, unos cuantos cientos de kilómetros al sur de Transilvania. Poco a poco se fueron añadiendo accesorios, como la ristra de ajo, el crucidijo, el agua sagrada, la estaca para matarlo o un rosario. Otro atributo era no reflejarse en un espejo. En realidad los vampiros eran, al principio, simplemente muertos que resucitaban para seguir cometiendo sus crímenes. Pero es de destacar que Frankenstein y el vampiro nacieron juntos en las noches de verano de 1814.

Percy y Mary compartían muchas cosas. Percy estudiaba biología, magnetismo, electrididad, astronomía y había asistido a algunas clases de anatomía en el Hospital Saint Bartholomew. Como otros autores románticos, escribió sobre Prometeo (en realidad el título completo del libro de Mary era Frankenstein o el moderno Prometeo).

De la primera edición de Frankenstein se publicaron sólo 500 ejemplares de forma anónima. Pero el libro tenía un prefacio escrito y firmado por Shelley, por lo que la gente pensó que lo había escrito Percy. En julio de 1818 Mary Shelley recibió un ejemplar de la revista Blackwood, con un comentario elogioso escrito por Sir Walter Scott, autor de novelas como Rob Royo Ivanhoe.

jueves, 6 de junio de 2013

Enlace General de Project Gutenberg en español
  1. Pérez Escriche, Enrique: Project Gutenberg y Wikipedia.
  2. Valera, Juan: Project Gutenberg, Wikisource y Cervantes Virtual.
  3. Alarcón, Pedro Antonio - Wikipedia Enlaces externos 
  4. Alarcón, Juan Ruiz - Enlaces externos
  5. About, Edmon - Project Gutenberg
  6. Tirso de Molina Enlaces externos
EN CONSTRUCCIÓN

domingo, 19 de mayo de 2013

Auge y caída del Tercer Reich TP

«La versión definitiva de las horas más negras del siglo XX» Ésta es la historia brutalmente objetiva de cómo Hitler logró el control político de Alemania y llevó a cabo su plan de dominar el mundo en seis años para, finalmente, hacer que Alemania sucumbiera bajo las llamas. El repentino colapso del Tercer Reich en la primavera de 1945 trajo consigo el acceso a un vasto volumen de documentos secretos y otros materiales de valor incalculable: diarios privados, discursos altamente secretos, informes de conferencias e incluso resúmenes de conversaciones telefónicas de los jefes nazis. La combinación de esa cantidad ingente de fuentes y los recuerdos personales de William L. Shirer diferencian este libro de los demás y lo convierten en uno de los grandes trabajos históricos de todas las épocas. Esta lectura será una experiencia única y excepcional para todo el que se haya preguntado cómo fue posible que alguna vez llegara a existir esta amenaza para la civilización y, lo que es peor, cómo pudo durar tanto tiempo. La respuesta, lamentablemente, es que la mayor parte de Alemania, por numerosos motivos, alentó el fanatismo que Hitler engendró.

jueves, 22 de marzo de 2012

La vida es sueño, de Calderón de la Barca

¡Ay mísero de mí, y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo.
Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos
--dejando a una parte, cielos,
el delito del nacer--,
¿qué más os pude ofender,
para castigarme más?
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron

jueves, 9 de febrero de 2012

Shalacos de Jorge W Abalos

Abalos, Jorge Washington. Biografía. Nacido en La Plata en 1915, se recibió de maestro en Santiago del Estero, ejerció de maestro rural en el Chaco santiagueño e investigó varias enfermedades, como la vinchuca y el mal de Chagas. Shalacos relata las relaciones entre un maestro rural recién llegdo a una aldea donde todavía se habla quechua y sus alumnos, las costumbres y tradiciones de los habitantes quechuas de Argentina. Enlace. Sin contraseña.

"Aquí estoy ante los alumnos de esta escuelita-rancho que me ha tocado en suerte. Hace ape­nas un par de días que he llegado. Veinticinco caras morenas, en las que no puedo descubrir los sentimientos, me miran desde los bancos. Pienso que esto no me está ocurriendo a mí, un muchachito maestro rural de dieciocho años aún no cumplidos.

Me levanto de la silla del escritorio y me dirijo al pizarrón, en el que escribo mi nombre. “Ése soy yo.” Veinticinco caritas impasibles me miran.

Ignoro qué es lo que dije o pretendí enseñar ese día de mi estreno como maestro. Recuerdo que no logré de ellos respuesta alguna.

Al terminar la clase del día, los chicos for­maron ante la bandera, la que fue arriada. El “hasta mañana” tuvo su eco: “Hasta mañana, señor”. La fila comenzó a desgranarse. “Que les vaya bien”, agregué y me volví al aula, sen­tándome al escritorio.

Con asombro vi que los chicos me habían seguido y se ubicaban en sus bancos. Entonces lo entendí: del idioma castellano ellos sabían el “hasta mañana”, pero no más que eso. Me quedé mirándolos, abrumado. Nunca en mi vida he tenido como aquella vez tal impresión de sentirme rebasado. Me levanté y comencé a ca­minar entre los bancos. No sabía qué hacer. En una de las pasadas, Lula me tomó la mano y me sonrió. La calidez del gesto y el contacto con esa manita me hizo comprender que “Eros pedagógico” es, simplemente, amor, mutuo amor.

Encaré al grado nuevamente: “Hasta maña­na, señores”.

Los chicos se fueron."

lunes, 2 de enero de 2012

Cuento de horror - Marco Denevi

La señora Smithson, de Londres (estas historias siempre ocurren entre
ingleses) resolvió matar a su marido, no por nada sino porque estaba harta
de él después de cincuenta años de matrimonio. Se lo dijo:

-Thaddeus, voy a matarte.

-Bromeas, Euphemia -se rió el infeliz.

-¿Cuándo he bromeado yo?

-Nunca, es verdad.

-¿Por qué habría de bromear ahora y justamente en un asunto tan serio?

-¿Y cómo me matarás? -siguió riendo Thaddeus Smithson.

-Todavía no lo sé. Quizá poniéndote todos los días una pequeña dosis de
arsénico en la comida. Quizás aflojando una pieza en el motor del automóvil.
O te haré rodar por la escalera, aprovecharé cuando estés dormido para
aplastarte el cráneo con un candelabro de plata, conectaré a la bañera un
cable de electricidad. Ya veremos.

El señor Smithson comprendió que su mujer no bromeaba. Perdió el sueño y el
apetito. Enfermó del corazón, del sisema nervioso y de la cabeza. Seis meses
después falleció. Euphemia Smithson, que era una mujer piadosa, le agradeció
a Dios haberla librado de ser una asesina.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Guerreros de la pluma 2

Miguel Hernandez.
Texto de un compañero de prisón, que recuerda al valeroso poeta.

Yo coincidí con Miguel, en la madrileña cárcel de Torrijos.El llegó allí a mediados de Mayo de 1939. Es inútil decir que su llegada fué un acontecimiento,dado que era muy conocido por todos. Se instaló junto con Luis Rodriguez y conmigo, en lo más alto de la torre, junto a un reloj que tuvimos que estropear,porque no nos dejaba dormir con su tic tac.En las tertulias que solíamos tener, Miguel decía : " Tenemos que " despemanizar" España", refiriéndose al escritor del bando franquista Pemán,el cual solía colaborar mucho en la revista de los presos llamada "Redención!".Que, por cierto, a Miguel le ofrecieron colaborar en ella, pero puso una condición : " Yo soy un poeta y colaboraré si ustedes me dejan salir cuatro o cinco horas todos los días por el campo".
Naturalmente no se aceptó su propuesta.
Los primeros que tuvimos la suerte de escuchar la famosa " Nana de la cebolla" fuimos Luis Rodríguez y yo. Miguel nos la recitó con lágrimas en los ojos.En una ocasión estábamos juntos Miguel y yo,mientras celebraban la misa en el patio.Tanto él como yo, nos distraíamos mirando las golondrinas que revoloteaban por allí.De ello se dió cuenta el jefe de servicios José Bustamante , quien nos dijo: " Cuando se termine la misa, presentaros". Nos peló al cero,cosa que para Miguel fué un placer ya que siempre le gustaba ir pelado, y nos dijo " Desde mañana tendréis que estar 15 días barriendo el patio". Por fortuna , el jefe de limpieza era un preso común, apodado " el chuleta", quien nos dijo :"No preocuparos, coged la escoba ,os quedais en ese rincón, la moveis un poco y ya está".Así lo hicimos.Al término de los 15 días Miguel me leyó,un soneto, el titulado "La ascensión de la escoba", pineso que ese soneto, "La nana de la cebolla" y una dedicatoria a la hija de Manzanares fué lo único que hizo Miguel en la cárcel de Torrijos.
Y de pronto un dia en plena mañana ,sonó, inesperadamente la voz del voceador,: " Miguel Hernández, que acuda con lo que tenga".Lo que suponía la libertad. Todos nos quedamos de piedra,¿ Por qué se produjo aquello? Porque Miguel al detenerle, había dicho que era un simple soldado y, al no caber tantos presos en las cárceles, solían dejar en libertad vigilada a los menos significados.Salió Miguel y fue directamente a mi casa.Al otro día, en companía de mi hermano se dirigió a la embajada de Chile.El embajador Don Germán Vergara, que ya había ayudado anteriormente a Miguel,le recibió con los brazos abiertos y le dijo:" Bueno, supongo que usted se querrá quedar aquí como refugiado político" " No, dijo Miguel, me quiero ir a mi pueblo". Hubo un forcejeo, tanto el embajador como Montañón y Serrano Plana, intentaron disuadirle de ello,pero Miguel, enseñando un montón de cartas de su mujer,les dijo "Yo no puedo dejar así a Josefina". "Bueno, le respondieron, a Josefina ya la sacaremos".No fué posible convencerle,y aquella noche fué Miguel a la estación de Atocha en companía de mi hermano.Alli había una Comisaría en donde había que firmar un documento por el que se le autorizaba a emprender el viaje.Lo firmó Miguel, en presencia de mi hermano,quien tuvo el presentimiento de que Miguel, en aquel momento, rubricaba su sentencia de muerte. Y así fué,Miguel cometió el tremendo error de su vida al marcharse a su pueblo, cuando estaba en libertad.
Fernado Fernández R.
Extraído de la revista Vientos del pueblo,Asociación Amigos de Miguel Hernández.

Antonio Machado
Poesías del cuaderno «Apuntes inéditos», 1933-1934

La República se ha ido.
Nadie sabe cómo ha sido.
R.I.P.
A ntonio Machado

Guerreros de la pluma

Durante el conflicto la literatura fué muy variada,eso si,el bando republicano contó con el mayor numero de escritores y de más prestigio.
La república venció la guerra de las letras.
Hora de España, el periódico de mayor prestigio republicano, tuvo en sus páginas escritos de Antonio Machado, León Felipe, Dámaso Alonso... el contenido de este importante periódico era de muchísimo nivel.
Otra de las funciones de los poetas era la de marchar al frente a recitar poemas, y así animar a los combatientes de alguna manera posible. Entre los escritores que más se dedicaban a esta función podemos destacar a Rafael Alberti.
Es de lamentar, que también hubo poetas del pueblo que no llegaron a publicar o que las tropas franquistas destruyeron sus obras en los registros a que sus domicilios fueron sometidos.
Una "curiosa" anecdota sobre la supuesta muete de Benavente y los hermanos Alvarez Quintero, nos muestra la crueldad de los falangistas, para encubrir el asesinato de Garcia Lorca, el poeta granadino.
Las circunstancias exactas de su asesinato, a manos de los militares sublevados, no se conocieron durante largo tiempo ya que desde el primer momento una intrincada madeja de propaganda, silencio, y tergiversaciones se fue posando sobre el suceso.
Resulta curioso que la primera muerte de un laureado dramaturgo español que se conoció en Puerto Rico no fue la de Federico García Lorca sino la del premio Nobel Jacinto Benavente: el 22 de agosto de 1936 El Mundo dio a conocer la noticia del asesinato en Madrid de los hermanos Álvarez Quintero y el propio Benavente, mediante gruesos encabezados de 7 columnas y foto grande del autor de Intereses creados. El periódico citó un parte de Prensa Unida procedente de Lisboa que a su vez se apoyaba en las emisiones radiales que desde Sevilla perifoneaba el truculento General Queipo del Llano.
En su edición del 25 de agosto El Mundo, de Puerto Rico, comunicaba la muerte de Benavente. Al día siguiente la dirección del periódico no tuvo más remedio que dar a conocer otro parte de Prensa Unida donde se informaba que el "difunto" por el cual se habían elevado preces se hallaba sano y salvo. La Democracia también rectificó en primera página su versión original.
Como hoy sabemos no fue la inescrupulosidad de una agencia informativa la responsable de estas falsedades: con toda probabilidad la especie sobre el "asesinato" de Benavente y los otros dramaturgos se originó en los cuarteles del propio general Queipo del Llano la noche del 18 al 19 de agosto, y se divulgó primero a través de radio Sevilla, y luego en la prensa nacional durante los días subsiguientes. Según el historiador Ian Gibson, los nombres de Benavente y los Álvarez Quintero habrían sido seleccionados por tratarse de dramaturgos y su supuesta muerte fue difundida como subterfugio propagandístico por parte de los militares nacionales para tratar de justificar o contrarrestar la muerte real del también autor dramático Federico García Lorca, fusilado por ellos con toda probabilidad la madrugada del propio 19 de agosto. Es obvio que El Mundo y La Democracia se tragaron el señuelo propagandístico que desde la remota Radio Sevilla había lanzado el general Queipo del Llano.
Sobre los rumores de la muerte de Lorca
La labor encubridora del asesinato de Lorca por parte de la dirección de El Mundo continuó durante la guerra. En octubre de 1936 su revista Puerto Rico Ilustrado, en un remedo de homenaje póstumo al poeta granadino, publicó varios de sus poemas acompañados de una nota que lo catalogaba como "víctima de la actual revolución" e indicaba que éste había muerto "en un tumulto popular". La sección local de Falange Española no podía mantenerse ajena al intento de encubrir el asesinato de Federico García Lorca. En uno de los primeros comentarios de la revista falangista local Avance sobre el incidente, el entonces joven falangista Eladio Rodríguez Otero, en respuesta a la denuncia hecha en San Juan por el dramaturgo Alejandro Casona, respondió: "Nadie sabe cómo murió el poeta granadino. Lo que sí sabemos y no lo puede negar nadie es que en Madrid y otras partes de España murieron asesinados... muchos intelectuales tales como Ramiro de Maetzu...". Resulta irónico que el autor de este comentario, décadas más tarde, figuró pomposamente como presidente del Ateneo Puertorriqueño, líder independentista y defensor de la "cultura puertorriqueña" y su idioma español.

Poquita Cosa - Antón Chejov


*Poquita cosa - Anton Chejov*

Hace unos día invité a Yulia Vasilievna, la institutriz de mis hijos, a que
pasara a mi despacho. Teníamos que ajustar cuentas.

-Siéntese, Yulia Vasilievna -le dije-. Arreglemos nuestras cuentas. A usted
seguramente le hará falta dinero, pero es usted tan ceremoniosa que no lo
pedirá por sí misma... Veamos... Nos habíamos puesto de acuerdo en treinta
rublos por mes...

-En cuarenta...

-No. En treinta... Lo tengo apuntado. Siempre le he pagado a las
institutrices treinta rublos... Veamos... Ha estado usted con nosotros dos
meses...

-Dos meses y cinco días...

-Dos meses redondos. Lo tengo apuntado. Le corresponden por lo tanto sesenta
rublos... Pero hay que descontarle nueve domingos... pues los domingos usted
no le ha dado clase a Kolia, sólo ha paseado... más tres días de fiesta...

A Yulia Vasilievna se le encendió el rostro y se puso a tironear el volante
de su vestido, pero... ¡ni palabra!

-Tres días de fiesta... Por consiguiente descontamos doce rublos... Durante
cuatro días Kolia estuvo enfermo y no tuvo clases... usted se las dio sólo a
Varia... Hubo tres días que usted anduvo con dolor de muela y mi esposa le
permitió descansar después de la comida... Doce y siete suman diecinueve. Al
descontarlos queda un saldo de... hum... de cuarenta y un rublos... ¿no es
cierto?

El ojo izquierdo de Yulia Vasilievna enrojeció y lo vi empañado de humedad.
Su mentón se estremeció. Rompió a toser nerviosamente, se sonó la nariz,
pero... ¡ni palabra!

-En víspera de Año Nuevo usted rompió una taza de té con platito.
Descontamos dos rublos... Claro que la taza vale más... es una reliquia de
la familia... pero ¡que Dios la perdone! ¡Hemos perdido tanto ya! Además,
debido a su falta de atención, Kolia se subió a un árbol y se desgarró la
chaquetita... Le descontamos diez... También por su descuido, la camarera le
robó a Varia los botines... Usted es quien debe vigilarlo todo. Usted recibe
sueldo... Así que le descontamos cinco más... El diez de enero usted tomó
prestados diez rublos.

-No los tomé -musitó Yulia Vasilievna.

-¡Pero si lo tengo apuntado!

-Bueno, sea así, está bien.

-A cuarenta y uno le restamos veintisiete, nos queda un saldo de catorce...

Sus dos ojos se le llenaron de lágrimas...

Sobre la naricita larga, bonita, aparecieron gotas de sudor. ¡Pobre
muchacha!

-Sólo una vez tomé -dijo con voz trémula-... le pedí prestados a su esposa
tres rublos... Nunca más lo hice...

-¿Qué me dice? ¡Y yo que no los tenía apuntados! A catorce le restamos tres
y nos queda un saldo de once... ¡He aquí su dinero, muchacha! Tres...
tres... uno y uno... ¡sírvase!

Y le tendí once rublos... Ella los cogió con dedos temblorosos y se los
metió en el bolsillo.

-Merci -murmuró.

Yo pegué un salto y me eché a caminar por el cuarto. No podía contener mi
indignación.

-¿Por qué me da las gracias? -le pregunté.

-Por el dinero.

-¡Pero si la he desplumado! ¡Demonios! ¡La he asaltado! ¡La he robado! ¿Por
qué merci?

-En otros sitios ni siquiera me daban...

-¿No le daban? ¡Pues no es extraño! Yo he bromeado con usted... le he dado
una cruel lección... ¡Le daré sus ochenta rublos enteritos! ¡Ahí están
preparados en un sobre para usted! ¿Pero es que se puede ser tan tímida?
¿Por qué no protesta usted? ¿Por qué calla? ¿Es que se puede vivir en este
mundo sin mostrar los dientes? ¿Es que se puede ser tan poquita cosa?

Ella sonrió débilmente y en su rostro leí: "¡Se puede!"

Le pedí disculpas por la cruel lección y le entregué, para su gran asombro,
los ochenta rublos. Tímidamente balbuceó su merci y salió... La seguí con la
mirada y pensé: ¡Qué fácil es en este mundo ser fuerte!

Fin
CiudadSeva

viernes, 26 de noviembre de 2010

Alexandría libre


Hoy damos entrada a un fenomenal blog, para eso colaboro yo bajo el seudónimo de compinchados, dedicado a la literatura clásica. Se llama Alexandría libre.blogspot.com.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Poderoso caballero es don Dinero

Poderoso caballero
Es don Dinero.
Madre, yo al oro me humillo:
El es mi amante y mi amado
Pues de puro enamorado,
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Nace en las Indias honrado..
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España
Y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Es galán y es como un oro,
Tiene quebrado el color,
Persona de gran valor,
Tan cristiano como moro;
Pues que da y quita el decoro
Y quebranta cualquier fuero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Son sus padres principales
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son reales;
Y pues es quien hace iguales
Al duque y al ganadero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Mas ¿a quien no maravilla
Ver en su gloria sin tasa
Que es lo menos de su casa
Doña Blanca de Castilla?..
Pero pues da al baxo silla
Y al cobarde hace guerrero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Sus escudos de armas nobles
Son siempre tan principales,
Que sin sus escudos reales
No hay escudos de armas dobles;
Y pues a los mismos robles
Da codicia su minero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Por importar en los tratos
Y dar tan buenos consejos,
En las casas de los viejos
Gatos le guardan de gatos.
Y pues él rompe recatos
Y ablanda al juez más severo,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Y es tanta su majestad
(Aunque son sus duelos hartos)
Que con haberle hecho cuartos
No pierde su autoridad;
Pero pues da calidad
Al noble y al pordiosero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Nunca vi damas ingratas
A su gusto y afición,
Que a las caras de un doblón
Hacen sus caras baratas.
Y pues las hace bravatas
Desde una bolsa de cuero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Más valen en Cualquier tierra,
Mirad si es harto sagaz,
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra. Y pues al pobre le entierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Rampa, Lobsang - El tercer ojo


— ¡Oéh! ¡Con cuatro años ya, no es capaz de sostenerse sobre un caballo!

¡Nunca serás un hombre! ¿Qué dirá tu noble padre?

Con estas palabras, el viejo Tzu atizó al pony -y al desdichado jinete- un buen trancazo en las ancas y escupió en el polvo.

Los dorados tejados y cúpulas del Potala relucían deslumbrantes con el sol. Más cerca, las aguas azules del lago del Templo de la Serpiente se rizaban al paso de las aves acuáticas. A lo lejos, en el camino de piedra, sonaban los gritos de los que daban prisa a los pesados y lentos yaks que salían de Lhasa. Y también sonaban por allí los bmmm, bmmm, bmmm de las trompetas, de un bajo profundo, con las que ensayaban los monjes-músicos en las afueras, apartados de los curiosos.

Pero yo no podía prestar atención a estos detalles de la vida cotidiana.

Todo mi cuidado era poco para poder mantenerme en equilibrio sobre mi rebelde caballito. Nakkim pensaba en otras cosas. Por lo pronto, en librarse de su jinete y poder así pastar, correr y patalear a sus anchas por los prados.

El viejo Tzu era un ayo duro e inabordable. Toda su vida había sido inflexible y áspero, y ahora, como custodio y maestro de equitación de un chico de cuatro años, perdía muchas veces la paciencia. Tanto él como otros Se ponían aquellas hombreras abultadas para hacer aún más imponente su aspecto, se ennegrecían el rostro para resultar más feroces y llevaban largos garrotes que no vacilaban en utilizar en cuanto algún malhechor se les ponía a mano.